Venezuela tras la caída: fractura interna y crisis del orden liberal internacional

(Imagen: archivo internacional-VBM).

La caída de Maduro no ha traído una mejora inmediata para Venezuela ni para el sistema internacional: ha profundizado la fragmentación interna del país y ha expuesto aún más la crisis del orden liberal internacional, que hoy luce más frágil y cuestionado que nunca. Precisamente por ello, este es un momento en el que la unión de los Estados y la defensa activa de normas compartidas resultan indispensables para evitar que el vacío de reglas sea llenado por la ley del más fuerte.​

Venezuela tras la caída: del autoritarismo al vacío

Lejos de un “día después” ordenado, el fin del régimen de Maduro ha abierto un escenario de incertidumbre, con estructuras chavistas aún armadas, facciones militares en disputa y riesgo real de violencia prolongada. La remoción forzada del líder, impulsada desde el exterior, no eliminó de inmediato las redes de poder autoritario ni las economías criminales que se habían consolidado en torno al Estado, lo que ha impedido una mejora rápida en las condiciones de vida y en la gobernabilidad.​

En lugar de traducirse en estabilidad y reconstrucción institucional, el país se enfrenta a un posible periodo de “inestabilidad administrada”, donde élites debilitadas, actores armados y poderes externos negocian influencia sobre un Estado colapsado y una sociedad exhausta. La migración continúa, la pobreza y la precariedad se mantienen, y la promesa de democratización se ve amenazada por la tentación de nuevos autoritarismos, sean de signo “revolucionario”, militar o tutelados por potencias extranjeras.​

Fractura del orden liberal internacional

La forma y el contexto de la caída de Maduro agravan una crisis más amplia del orden liberal internacional, ya erosionado por el auge de potencias revisionistas, el repliegue de Estados Unidos y el avance de modelos autoritarios alternativos. La intervención decisiva de una sola potencia, con énfasis en intereses estratégicos como el petróleo, refuerza la percepción de que las normas multilaterales son selectivas y de que la soberanía y la democracia pueden instrumentalizarse según conveniencias geopolíticas.​

Esta ruptura simbólica y práctica debilita el principio de que los cambios de régimen deben producirse mediante procesos internos y marcos de legalidad internacional, y alimenta la narrativa de que vivimos en un sistema “multiplex” o abiertamente fragmentado, donde coexisten órdenes paralelos y normas en competencia. En ese contexto, la caída de un autócrata no equivale automáticamente al fortalecimiento de la democracia, sino que puede convertirse en un episodio más de un mundo donde la fuerza, la capacidad de intervención y el control de recursos pesan más que el derecho.​

Por qué este no es el momento de rendirse

Aceptar la muerte del orden liberal internacional como algo inevitable significaría resignarse a un futuro en el que la coerción reemplaza a la norma y la violencia sustituye al derecho. Venezuela ilustra lo que ocurre cuando instituciones débiles, polarización extrema y actores externos oportunistas convergen: el resultado no es un retorno “natural” al equilibrio, sino un vacío de poder que amenaza con consolidar nuevas formas de dominación.​

Renunciar a la posibilidad de reconstruir reglas compartidas equivaldría a normalizar un estado de excepción global, donde cada potencia actúa sin contrapesos y las sociedades quedan reducidas a escenarios de disputa entre proyectos hegemónicos incompatibles. La historia demuestra que cuando se abandonan los principios de cooperación, derechos humanos y límites al uso de la fuerza, el péndulo no se detiene en un “realismo moderado”, sino que puede deslizarse hacia formas más brutales de política internacional.​

Cómo recuperar y fortalecer lo que queda del orden liberal

Para evitar este retroceso a épocas “primitivas” en las que el más fuerte impone su ley, es necesario articular una agenda de reconstrucción del orden liberal internacional que sea al mismo tiempo autocrítica y propositiva. Algunas líneas de acción clave serían:​

  • Recentrar el multilateralismo: revitalizar foros regionales y globales con más voz del Sur Global, de modo que intervenciones, sanciones y procesos de transición como el venezolano sean discutidos, supervisados y legitimados por coaliciones amplias, no por una sola potencia.​
  • Condicionar el uso de la fuerza: reforzar marcos jurídicos que limiten las intervenciones unilaterales y que vinculen cualquier acción coercitiva a hojas de ruta claras de democratización, reconstrucción institucional y protección de civiles, con cronogramas, rendición de cuentas y presencia robusta de organismos internacionales.​
  • Apostar por la reconstrucción institucional interna: apoyar procesos de justicia transicional, reforma del sector seguridad y recuperación del Estado de derecho en países como Venezuela, evitando “vacíos de gobernanza” que se llenan con grupos armados o tutelas externas.​
  • Defender normas sin doble rasero: reducir la brecha entre discurso y práctica en materia de derechos humanos, democracia y legalidad internacional, ya que la percepción de hipocresía es uno de los motores de la crisis de legitimidad del orden liberal.​
  • Integrar nuevas potencias en reglas comunes: negociar espacios de co-gobernanza global con actores emergentes, para que el sistema no derive en bloques cerrados (tipo G7 vs BRICS+) con normas incompatibles, sino en un orden más plural pero todavía regido por principios mínimos compartidos.​

Mantener la esperanza como tarea política

No se trata de restaurar nostálgicamente el viejo orden, sino de lo más difícil: reformarlo sin destruirlo y ampliarlo sin vaciarlo de contenido. Venezuela, con su sufrimiento y su resiliencia, puede convertirse en un laboratorio de reconstrucción democrática y cooperativa, si la comunidad internacional elige acompañar procesos de largo plazo en lugar de limitarse a operaciones de fuerza de corto alcance.​

Mantener la esperanza no es un acto ingenuo, sino una decisión política: implica defender instituciones, presionar por coherencia en la acción exterior de los Estados y apostar por una arquitectura internacional que siga protegiendo a los débiles frente a los fuertes. Precisamente porque el orden liberal internacional se ha resquebrajado, este es el momento de recomponerlo sobre bases más justas, inclusivas y resilientes, antes de que la ley del más fuerte se convierta de nuevo en la única ley vigente.​

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Clara Inés Chaves Romero: Ex diplomática y escritora. Comunicadora con amplia experiencia en columnas de opinión, en análisis de la política nacional e internacional en medios como Eje 21, Diario El Nuevo Liberal, Magazín Ver Bien, Realidades y Perspectivas, Revista Ola Política. Escritora de los libros: Justicia Transicional, Del laberinto a la esperanza, Un camino al África, una puerta al mundo.

 

 

Sobre Clara Inés Chaves

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