Trump y Petro: del abismo al abrazo

Petro/Trump. (Imagen: archivo internacional-VBM).

Gustavo Petro y Donald Trump protagonizaron una escena que hace pocos meses habría parecido inverosímil: tras amenazas abiertas de Washington contra Colombia, pasamos de hablar de posibles “malas cosas” a una invitación a la Casa Blanca y a un encuentro descrito como “terrific”. Ese giro brusco dice mucho menos sobre una reconciliación ideológica y mucho más sobre cómo se está reconfigurando la política interna y externa de Colombia en tiempos de incertidumbre global.

La propia narración de Petro en su entrevista con El País es reveladora: admite que llegó a temer una acción militar estadounidense contra Colombia, al punto de compararse con el caso venezolano y confesar que sintió un riesgo real de ser “capturado” como Nicolás Maduro. Esa admisión, inusual en un jefe de Estado, muestra hasta qué punto el discurso de Trump —tras la operación que derrocó a Maduro— fue percibido en Bogotá como algo más que bravuconadas de campaña. El presidente colombiano respondió primero con movilización callejera y retórica antiimperialista, pero terminó apostándole al canal directo con la Casa Blanca, convencido de que “si no hay comunicación, hay guerra”.

En política interna, esa secuencia deja a Petro en una posición ambivalente. Por un lado, puede presentarse ante su base como el líder que evitó una escalada militar con el país más poderoso del mundo, usando la diplomacia y no la sumisión. Por otro, la imagen de un mandatario que primero azuza la confrontación en redes y luego se ve obligado a buscar una llamada de emergencia con Trump alimenta el relato de la oposición, que lo acusa de haber llevado la relación bilateral al borde del abismo para después recular. De cómo Petro maneje este relato —si logra convertir el episodio en un triunfo de prudencia y no en una muestra de improvisación— dependerá buena parte de su margen político en la recta final de su gobierno.

En el terreno externo, la entrevista y el posterior encuentro en la Casa Blanca confirman una constante histórica: la política hacia Estados Unidos sigue siendo el eje de la política exterior colombiana, pero ahora en un tablero mucho más volátil. Washington había retirado a Colombia la “certificación” en la lucha antidrogas, revocado la visa de Petro y de su familia, e incluso incluido al presidente en sanciones del Tesoro, antes de este repentino deshielo. En cuestión de semanas se pasó de la amenaza a la foto sonriente en el Salón Oval, con Trump llamando a Petro “great” y considerando incluso flexibilizar sanciones. Ese vaivén ilustra hasta qué punto la relación ya no se ordena solo por la “guerra contra las drogas”, sino por cálculos electorales, gestos simbólicos y la voluntad de Trump de usar la coerción como herramienta rutinaria de política exterior.

Para la región, el mensaje es doble. Primero, queda claro que ningún gobierno —ni siquiera uno de izquierda que se ha declarado abiertamente crítico del intervencionismo estadounidense— está en condiciones de ignorar la asimetría de poder con Washington. La llamada que “congeló” una posible crisis con Colombia reproduce, con matices, lo que ya se ha visto en casos como México o los países del Triángulo Norte: Trump amenaza, sube el tono, y luego negocia acuerdos que refuerzan el control migratorio, la cooperación antidrogas o el acceso a recursos estratégicos. Segundo, la experiencia de Petro envía una señal al resto de América Latina sobre la importancia —y los límites— de las estrategias individuales: un presidente aislado, sin una posición concertada con sus vecinos, es mucho más vulnerable a presiones bilaterales.

El reto, entonces, va más allá de una relación personal volátil entre dos líderes de temperamento impredecible. Lo que está en juego es si Colombia y la región serán capaces de transformar episodios como este en un argumento a favor de una voz latinoamericana más coordinada frente a Washington, capaz de negociar sin caer ni en el seguidismo acrítico ni en el antiamericanismo estéril. La entrevista de Petro, al desnudar el miedo y la improvisación detrás del giro con Trump, debería servir como recordatorio de que, en un orden internacional cada vez más inestable, la verdadera garantía de soberanía no son los gestos solitarios, sino la construcción paciente de alianzas, reglas y posiciones comunes.

—————————————————————————————————————

Clara Inés Chaves Romero: Diplomática honoraria ante la embajada de El Congo. Escritora con amplia experiencia en columnas de opinión, y la publicación de los libros:  “Justicia Transicional”, “Del laberinto a la esperanza”, “Un camino al África, una puerta al mundo”, y la actual y más reciente: “Tormentas y conflictos políticos”.

 

Sobre Clara Inés Chaves

Comentar