La Tierra ha entrado en “bancarrota de agua”, asegura la ONU

Un nuevo informe de la ONU repasa la problemática situación hídrica que sufre nuestra civilización y los calificativos que teníamos se nos quedan cortos.

Un socavón, causado por la extracción insostenible de aguas subterráneas, es un síntoma clásico de la bancarrota hídrica, tal como se especifica en el último Informe sobre la Bancarrota Hídrica Global de la Universidad de las Naciones Unidas. UNU-INWEH Global Water Bankruptcy Report (Imagen: Ekrem07-Wikimedia Commons-VBM).

Este es el artículo que vendrá a su mente la próxima vez que se dé una ducha. Cuando esté allí de pie, viendo cómo corre el agua fría desde el otro lado de la mampara, tal vez recuerde estas líneas y, con tal de expiar sus culpas, decida aventurarse bajo el helado chorro de la alcachofa. Y es que la ONU acaba de declarar que, como planeta, hemos entrado en “bancarrota hídrica”. Puede que nunca haya escuchado el término porque, a decir verdad, se lo acaban de inventar, pero no por gusto, sino porque lo que hacemos con el agua no tenía nombre (ni literal ni figuradamente). El problema hídrico que estamos sufriendo a escala mundial deja cortos términos como “estrés hídrico” o “crisis del agua”.

Desde nuestro cómodo primer mundo suena distópico pensar en hambrunas y migraciones debidas a la sequía, pero, desgraciadamente, no tenemos por qué imaginar un futuro que, para muchos, ya es presente. La inseguridad alimentaria y el desplazamiento de algunas poblaciones llevan décadas siendo realidad en determinadas zonas del planeta. Según el informe que acaba de presentar la ONU, tres de cada cuatro personas viven en países que sufren inseguridad hídrica. Unos 4.000 millones de habitantes viven con escasez severa de agua al menos una vez al año. Un cuarto de la humanidad depende de lagos que han perdido agua desde principios de los años 90 (la mitad de los lagos del planeta). En los últimos 50 años, han desaparecido humedales naturales que suman una superficie equivalente a la Unión Europea y eso nos ha hecho perder más de 5 millones de millones de dólares.

Nosotros no nos salvamos

Los datos preocupantes no aflojan el ritmo a medida que avanzan las páginas del informe: la explotación de aguas subterráneas está hundiendo el suelo sobre el que viven 2.000 millones de personas alcanzando un descenso de 25 cm en algunas ciudades. Hemos perdido casi una tercera parte de la masa glaciar en los últimos 50 años y decenas de grandes ríos ya no alcanzan el mar en los meses más calurosos. Y a todas estas preocupaciones se suma que, precisamente, las zonas más afectadas son algunas de las que más empleamos para la producción agrícola. De hecho, el 50% de los alimentos del mundo se cultivan en regiones con estrés hídrico. Para ser más precisos, 170 millones de hectáreas de tierras de regadío están en alto o muy alto estrés hídrico; lo cual equivale a sumar la superficie de Francia, España, Alemania e Italia.

Y hablando de España, como país que vive principalmente del turismo y de la agricultura, la sequía amenaza con ser especialmente destructiva para nuestra economía. Por ahora, los años menos lluviosos no nos pasan tanta factura porque recurrimos al agua almacenada en los pantanos. Sin embargo, estos “ahorros” son cada vez más escasos y eso que somos el quinto país del mundo con más plantas desalinizadoras. En la última década, las precipitaciones en España han caído un 25%, hemos perdido un 20% de nuestra agua dulce y las temperaturas han aumentado 1,3ºC. Sabemos que el Mediterráneo es y será una de las regiones más castigadas por el cambio climático y, si tenemos en cuenta las predicciones, los expertos calculan que unas tres cuartas partes de España podrían volverse desérticas durante este siglo.

¿Tengo que ducharme con agua fría?

Con tantos argumentos expuestos, es hora de volver al primer párrafo, donde vaticinábamos un sentimiento de culpa ecológica que, probablemente, ya esté experimentando. Sin embargo, esta bancarrota no ha sido causada por el grifo que deja abierto mientras se lava los dientes o, al menos, no solo por eso. Es cierto que todo contribuye y si podemos reducir nuestro consumo, las reservas lo agradecerán. Puede que sus acciones sean marginales, pero los cambios son progresivos y la conciencia ecológica se contagia poco a poco. Ahora bien, sería injusto sugerir que nuestro consumo doméstico es el principal culpable. La industria emplea cantidades ingentes de agua: campos de golf, cultivos de frutas tropicales en regiones de secado, centros de procesamientos de datos o el sector textil.

Aunque fiscalizar nuestro uso del lavabo es una buena idea, la solución precisa acciones a mayor escala. Algunas de ellas, requerirán que nuestro país cambie parte de su estructura productiva, y eso no será fácil, porque la austeridad hídrica no da votos… por ahora. Solo da votos aquello que nos preocupa y poner sobre la mesa a los miles de millones de afectados y los billones de euros que nos cuesta es un primer paso para que la bancarrota hídrica nos empiece a importar.

Puede que no lleguemos a ver guerras por el agua, como las que sugieren algunos escritores de ciencia ficción, pero eso tampoco ha de preocuparnos demasiado. Antes de que se emprendan acciones bélicas, las comunidades pasarán por sequías muy intensas que, por sí solas, son sobradamente capaces de pintar un panorama apocalíptico. Y puede que suene alarmista, pero lo cierto es que, si no cambiamos nuestra gestión del agua, cabe esperar que veamos situaciones similares a las que ya padecen otros países.

Referencias: Madani, Kaveh. Global Water Bankruptcy: Living Beyond Our Hydrological Means in the Post-Crisis Era. United Nations University Institute for Water, Environment and Health (UNU-INWEH), 2026, doi:10.53328/INR26KAM00. (elmundoalinstantte.com).

 

 

 

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