(Imagen: archivo internacional-VBM).
La crisis del Mar Rojo se ha convertido en uno de los epicentros de la inestabilidad geopolítica y económica que marca el inicio de 2026. Lo que comenzó como una serie de ataques de los hutíes de Yemen contra buques mercantes vinculados al conflicto entre Israel y Palestina derivó en una alteración estructural de una de las rutas marítimas más importantes del planeta. Lejos de ser un problema lejano para América Latina, sus efectos ya se sienten en los costos logísticos, en la inflación y en la forma como países como Colombia se insertan en la economía global.
El Mar Rojo y el Canal de Suez concentran una parte sustancial del tráfico mundial de contenedores y de mercancías de alto valor, desde productos industriales hasta energía y alimentos. Desde finales de 2023, los ataques contra embarcaciones en el sur del Mar Rojo, el golfo de Adén y el estrecho de Bab el-Mandeb han obligado a muchas navieras a desviar sus rutas alrededor del cabo de Buena Esperanza, alargando viajes en miles de millas y en varias semanas. El resultado ha sido un aumento abrupto de los costos de transporte, mayores primas de seguros y una creciente incertidumbre sobre la seguridad de las cadenas de suministro.
Los números hablan por sí solos. En pocas semanas desde el inicio de la crisis, algunos fletes casi se duplicaron, y las mediciones de organismos internacionales registraron caídas significativas del tráfico de mercancías por el Mar Rojo, superiores al 30% en ciertos momentos. Esta disrupción se tradujo en retrasos de entregas, escasez temporal de insumos y presiones inflacionarias sobre productos básicos como combustibles, gas y alimentos. La crisis, además, evidenció la fragilidad de un modelo de globalización altamente dependiente de pocos corredores estratégicos.
Para América Latina, los impactos han sido graduales pero contundentes. El desvío de buques encarece las importaciones de bienes de capital, repuestos, maquinaria y materias primas provenientes de Asia y Medio Oriente, al mismo tiempo que resta competitividad a las exportaciones que usan esas rutas hacia Europa, África o Asia. Expertos en comercio internacional advierten que las empresas de la región enfrentan mayores costos de fletes y seguros, así como riesgos contractuales por retrasos en las entregas, lo que obliga a renegociar plazos, precios y condiciones logísticas.
Colombia no es la excepción. Aunque buena parte de su comercio se orienta hacia Estados Unidos y otros mercados del hemisferio occidental, el país importa crecientemente insumos, tecnología y bienes de consumo de Asia que, en muchos casos, terminan utilizando rutas conectadas con el Mar Rojo y el Canal de Suez. Informes de gremios exportadores colombianos han advertido que la prolongación del conflicto implica “millones de dólares” en sobrecostos logísticos, que se trasladan a las empresas y finalmente al consumidor. Esto presiona al alza los precios internos y añade un factor externo de inflación en un contexto ya complejo para la economía.
Pero la crisis también abre oportunidades y plantea decisiones estratégicas. Algunos análisis señalan que la interrupción o encarecimiento de las rutas euroasiáticas podría acelerar procesos de nearshoring y relocalización productiva hacia América Latina, especialmente en sectores manufactureros que buscan reducir riesgos y tiempos de transporte. Países con puertos en ambos océanos, como Colombia, podrían capitalizar esta coyuntura si logran mejorar infraestructura, seguridad jurídica y capacidades logísticas. Sin embargo, esto requiere políticas de Estado, planificación portuaria y una visión de largo plazo, no solo medidas coyunturales.
En el plano geopolítico, la crisis del Mar Rojo refuerza una tendencia preocupante: la instrumentalización de las rutas comerciales como arma de presión y negociación en conflictos regionales más amplios. El involucramiento de potencias occidentales con despliegues navales para proteger el tráfico mercante, en un contexto de tensiones crecientes entre grandes potencias y reconfiguración de alianzas, muestra que el comercio dejó de ser un espacio neutro para convertirse en terreno de disputa. Para países medianos como Colombia, esto implica navegar un entorno internacional más volátil, donde los shocks externos pueden modificar de un momento a otro los presupuestos, la balanza comercial y la estabilidad social.
El reto para Colombia y para el resto de la región es doble: por un lado, desarrollar resiliencia logística, diversificando rutas, proveedores y mercados; por otro, participar con voz propia en los debates multilaterales sobre seguridad marítima y gobernanza global. El Mar Rojo ha demostrado que un estrecho geográfico puede convertirse en un cuello de botella para la economía mundial; la respuesta no puede limitarse a reaccionar a la crisis, sino que debe traducirse en una estrategia integral de inserción internacional más inteligente, preventiva y soberana.
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Clara Inés Chaves Romero: Ex diplomática y escritora. Comunicadora con amplia experiencia en columnas de opinión, en análisis de la política nacional e internacional en medios como Eje 21, Diario El Nuevo Liberal, Magazín Ver Bien, Realidades y Perspectivas, Revista Ola Política. Escritora de los libros: Justicia Transicional, Del laberinto a la esperanza, Un camino al África, una puerta al mundo.
Verbien magazín El tiempo corre hacia atrás y solo lo atan los buenos recuerdos y las buenas acciones. Gilberto Castillo
