Aranceles de Trump en clave andina: Ecuador castiga a Colombia y fractura la cooperación regional

La imposición del arancel del 30% de Ecuador a las importaciones colombianas sintetiza una peligrosa deriva del orden internacional: la tentación de usar medidas económicas unilaterales como arma política interna, copiando el estilo confrontacional y proteccionista de líderes como Donald Trump. Bajo el discurso de la “seguridad” y de una supuesta falta de cooperación de Colombia en la lucha contra el narcotráfico y la minería ilegal, el presidente Daniel Noboa ha decidido castigar a un socio histórico, ignorando décadas de trabajo conjunto entre fuerzas armadas, mecanismos de inteligencia compartida y esfuerzos bilaterales precisamente contra las economías ilícitas que tanto amenazan a ambos países.

Esta decisión no surge en el vacío. Se inscribe en un contexto global marcado por el resurgimiento del nacionalismo económico, el uso de aranceles como instrumento de presión política y la erosión de los marcos multilaterales que se construyeron después de la Segunda Guerra Mundial. La estrategia de Trump de recurrir a barreras comerciales para enviar mensajes políticos a aliados y adversarios abrió un precedente que hoy algunos mandatarios parecen imitar: el arancel deja de ser una herramienta técnica de política comercial y se convierte en un gesto de fuerza, un símbolo de poder hacia la opinión pública interna.

(Imagen: archivo internacional-VBM).

En el caso ecuatoriano, el mensaje implícito es preocupante. Noboa anuncia desde un escenario global como Davos un recargo del 30% “hasta que exista un compromiso real” de Colombia para enfrentar el narcotráfico, cuando, simultáneamente, el propio Ministerio de Defensa colombiano reporta operaciones conjuntas recientes e incautaciones significativas de drogas en la frontera. El señalamiento público desconoce esa realidad y desnaturaliza la naturaleza transnacional del crimen organizado, que por definición exige cooperación sostenida, confianza mutua y canales diplomáticos discretos, no ultimátums mediáticos.

Colombia aparece así no solo como blanco de una medida desproporcionada, sino como víctima de una narrativa que busca atribuirle unilateralmente el costo político de un problema compartido. Durante décadas, Colombia ha asumido —muchas veces en solitario— el peso humano, institucional y financiero de la lucha contra el narcotráfico, mientras los beneficios de la reducción de la oferta ilícita han sido apropiados por un sistema internacional que rara vez reconoce esa carga de manera justa. En este contexto, presentar a Colombia como un socio “no cooperante” resulta no solo injusto, sino peligrosamente desinformador para la opinión pública regional.

Más allá del plano bilateral, la actitud del presidente Noboa envía una señal contradictoria con las necesidades urgentes del mundo contemporáneo. En un escenario de crisis climática, desigualdad creciente, flujos migratorios sin precedentes y criminalidad transnacional, la prioridad debería ser fortalecer la cooperación Sur–Sur, robustecer los mecanismos de integración latinoamericana y cuidar los lazos de vecindad que permiten respuestas coordinadas y solidarias. La decisión de fragmentar, condicionar y castigar mediante aranceles unilaterales va en la dirección opuesta: debilita la confianza, incentiva respuestas espejo —como el arancel de 30% que Colombia se ha visto obligada a adoptar en reciprocidad— y golpea directamente a los pueblos, a los sectores productivos y al empleo de ambos lados de la frontera.

Desde una perspectiva diplomática, la medida revela una preocupante arrogancia del poder ejecutivo ecuatoriano. En lugar de agotar los canales de diálogo técnico, recurrir a instancias regionales o a mecanismos de solución de controversias, se opta por una decisión abrupta, anunciada en redes sociales y ante la prensa internacional, que instrumentaliza la relación bilateral para enviar un mensaje de firmeza hacia adentro. Esa lógica performativa, tan propia de la política exterior de Trump, convierte la política comercial en escenario de gestos simbólicos más que en resultado de evaluaciones técnicas y negociaciones serias.

El riesgo es claro: normalizar este tipo de comportamientos erosiona la arquitectura de cooperación latinoamericana, debilita los organismos regionales y alimenta una peligrosa narrativa de sospecha entre vecinos que comparten historia, desafíos y aspiraciones de integración. En un momento en que América Latina y el Caribe deberían avanzar hacia agendas comunes de transición energética, seguridad alimentaria, lucha contra el narcotráfico y fortalecimiento democrático, la imposición de aranceles punitivos contra un socio como Colombia solo profundiza las fracturas que otros actores globales han aprovechado históricamente.

En términos académicos y diplomáticos, la coyuntura exige una clara solidaridad con Colombia. No se trata de negar la complejidad de los problemas fronterizos ni las tensiones legítimas que puedan existir, sino de recordar que la vía efectiva para enfrentarlos es más y mejor cooperación, no castigos económicos unilaterales. Colombia encarna hoy, en este episodio, la posición de un Estado que, pese a sus limitaciones, ha puesto vidas, recursos y legitimidad en la lucha contra el crimen organizado, y que merece respaldo regional cuando es injustamente señalada y sometida a medidas que perjudican a su aparato productivo y a su ciudadanía.

La historia juzgará con severidad a los liderazgos que, ante un mundo que demanda puentes, optan por levantar muros arancelarios y narrativos entre países hermanos. Frente a esa deriva, la respuesta ética y política de la región debería ser clara: rechazar las prácticas de poder prepotente, reafirmar el multilateralismo, y colocarse del lado de quienes, como Colombia en esta coyuntura, apuestan por la cooperación y no por la confrontación como camino para enfrentar desafíos que ningún país puede resolver solo.

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Clara Inés Chaves Romero: Ex diplomática y escritora. Comunicadora con amplia experiencia en columnas de opinión, en análisis de la política nacional e internacional en medios como Eje 21, Diario El Nuevo Liberal, Magazín Ver Bien, Realidades y Perspectivas, Revista Ola Política. Escritora de los libros: Justicia Transicional, Del laberinto a la esperanza, Un camino al África, una puerta al mundo.

 

Sobre Clara Inés Chaves

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