Se cumplió una de las máximas de la DEA: no dejar impune el crimen de uno de sus agentes, y esto quedó demostrado con la captura de los asesinos del agente James “Terry” Watson. En tiempo récord, fue desarticulada una de las bandas más peligrosas del llamado paseo millonario. Ahora sólo hay que esperar que sobre su culpabilidad, si lo son, caiga todo el peso de la justicia. No pueden estar matando vil mente a seres humanos que confían y utilizan el servicio público de una ciudad. Pero las preguntas después de este hecho lamentable son varias: ¿Qué hubiera pasado si en lugar de Watson la víctima fuera un ciudadano colombiano del común?, ¿Si a ese colombiano, como ha ocurrido con muchos otros, lo matan por robarle un celular? ¿Nuestra policía hubiera reaccionado con tal rapidez? ¿Será este un motivo para que por fin se tomen medidas drásticas contra la delincuencia? ¿Servirá de algo que el Presidente de la República se reúna con el gremio de los taxistas? ¿Lo hubiera hecho si no es Watson la víctima? Lo que demuestra todo esto, es que Bogotá se volvió una ciudad de muerte. Sus noches son tétricas y tenebrosas. Los mismos taxistas son víctimas de esa delincuencia común que asesina sin miramientos a ciudadanos que se oponen a sus deseos. Petronia, antes llamada Bogotá, cayó en el caos. La recolección de sus basuras sigue en ascuas, sus calles destrozadas, su seguridad exterminada, y es regida por un alcalde ineficiente que en lugar de defenderse gobernando lo hace atacando a sus detractores y convocando a su despacho a los embajadores acreditados en nuestro país, para buscar un apoyo internacional inútil y de esta manera defender lo indefendible; pues la Bogotá moderna, la que nos entrega hoy la equivocada, o mal llamada izquierda Colombiana, -que nos ha gobernado a lo largo de los últimos 10 años-, puede llegar a convertirse, en lo que queda del periodo de Petro, en una ciudad inviable.